En las afueras de un pequeño pueblo rodeado de montañas y campos resecos, vivía un niño llamado Mateo junto a su abuela Doña Carmen. La casa donde habitaban apenas se sostenía en pie: las paredes estaban descascaradas, el techo goteaba cada vez que llovía, y las ventanas dejaban pasar el frío de los inviernos más duros. Sin embargo, para Mateo, aquella casa era un refugio lleno de calor, porque allí habitaba el amor de su abuela.
Doña Carmen era una mujer menuda, de cabello completamente blanco, manos endurecidas por los años de trabajo en el campo y una mirada dulce que jamás se cansaba de sonreír. Su vida había sido dura: había criado a seis hijos sola, y ahora, en la vejez, se había quedado con el nieto que le había dejado su hija al partir en busca de un futuro mejor, un futuro que nunca llegó. Nadie volvió a saber de ella, y así, Mateo quedó bajo el cuidado de su abuela.
El niño tenía apenas diez años, delgado, siempre vestido con ropas que ya habían pasado por muchas manos. Pero en sus ojos brillaba una luz inconfundible: la esperanza. Cada mañana se levantaba con un propósito: ayudar a su abuela y estudiar para algún día darle una vida mejor.
La vida no era fácil. Doña Carmen vendía empanadas en la plaza del pueblo. Con las pocas monedas que ganaba, compraba arroz, harina y a veces un poco de pollo para los domingos. Mateo la acompañaba después de la escuela, cargando la canasta pesada. A menudo, los otros niños se reían de él porque no tenía zapatos nuevos ni juguetes modernos. Pero Mateo nunca se avergonzaba; al contrario, sentía orgullo de caminar junto a su abuela.
Por las noches, bajo la luz tenue de una lámpara de keroseno, la abuela le contaba historias: de cuando era joven y bailaba en las fiestas del pueblo, de cómo la tierra alguna vez fue fértil y abundante, de cómo los sueños podían sostener a una persona incluso cuando faltaba el pan. Mateo escuchaba con los ojos abiertos de par en par, como si esas historias fueran semillas que algún día germinarían en su corazón.
En el fondo, Doña Carmen temía por su nieto. Sabía que la pobreza podía arrebatarle la inocencia, que la vida dura podía endurecerlo. Sin embargo, cada gesto de bondad del niño —como cederle su porción de pan, o correr a abrazarla después de un día largo— le confirmaba que Mateo estaba creciendo distinto, con un corazón fuerte y noble.
El invierno llegó aquel año con más fuerza que nunca. El frío se colaba por cada grieta de la casa, y Doña Carmen comenzó a enfermarse. Tosía con frecuencia y se le notaba el cansancio en cada paso. Mateo, preocupado, intentaba suplirla en todo: cocinaba lo poco que había, barría la casa y hasta se ofrecía a vender empanadas solo en la plaza. Pero la gente no le compraba tanto como a su abuela; algunos lo miraban con lástima, otros con indiferencia.
Un día, al regresar de la escuela, encontró a su abuela recostada en la cama, con fiebre alta. El corazón se le encogió. Corrió hasta la botica del pueblo para pedir medicinas, pero no tenía suficiente dinero. El boticario, compadecido, le entregó unas pastillas a cambio de que ayudara en la tienda los fines de semana. Mateo aceptó sin pensarlo.
Las semanas pasaron. El niño madrugaba para cumplir en la botica, corría después a la escuela y al terminar el día, iba a vender empanadas. Sus manitas pequeñas ya estaban ásperas, y el cansancio lo vencía algunas noches antes de poder hacer las tareas escolares. Pero Mateo tenía un solo pensamiento que lo mantenía en pie: salvar a su abuela.
El punto más difícil llegó cuando Doña Carmen empeoró y el médico del pueblo dijo que necesitaba reposo y una alimentación más completa. Para Mateo, aquello sonó imposible: apenas podían comprar arroz y harina. Esa noche lloró en silencio, con la cabeza apoyada en el regazo de su abuela dormida. Sin embargo, en su interior nació una determinación nueva: haría lo que fuera necesario para que su abuela viviera.
Mateo comenzó a buscar trabajos ocasionales: cargaba leña para los vecinos, cuidaba cabras, y hasta limpiaba zapatos en la plaza. Los adultos lo miraban con cierta admiración; algunos lo ayudaban, otros simplemente lo utilizaban. Pero poco a poco, fue reuniendo unas monedas que guardaba en una cajita bajo la cama. Cada moneda significaba un plato de sopa caliente para Doña Carmen.
La abuela, al darse cuenta de lo que hacía su nieto, se sentía entre lágrimas y orgullo. —No deberías trabajar tanto, hijo —le decía con voz débil.
—Lo hago porque te quiero, abuela —contestaba él, con una seriedad que no correspondía a su edad.
Una tarde, mientras Mateo limpiaba zapatos, pasó por allí el maestro de la escuela. Se quedó observando al niño, sorprendido por su madurez y responsabilidad. Al día siguiente, habló con él en la clase y le ofreció ayuda: becas para libros, alimentos que los vecinos podían donar, y la posibilidad de presentarse en un concurso escolar de redacción. El premio era una suma de dinero considerable. Mateo aceptó, con la ilusión de poder comprar medicinas y alimentos mejores para su abuela.
Con esfuerzo, escribió un relato sobre su vida con Doña Carmen: las paredes descascaradas, las noches de historias bajo la lámpara, los sacrificios que ella había hecho por él. Cuando el jurado leyó aquel texto, no pudo contener las lágrimas. Y así, contra todo pronóstico, Mateo ganó el concurso.
Con el dinero del premio, compró un colchón nuevo, frazadas y comida para varias semanas. También pudo pagar al médico para que revisara mejor a Doña Carmen. Gracias a los cuidados y al esfuerzo de su nieto, la abuela comenzó a recuperarse poco a poco. No se curó del todo, porque los años pesan y las enfermedades dejan huella, pero volvió a sonreír, volvió a caminar despacio hasta la plaza, y volvió a contarle historias a Mateo cada noche.
El niño, sin embargo, entendió algo fundamental: la vida seguiría siendo dura, pero mientras existiera amor, nada podría vencerlos del todo. Y en aquel hogar humilde, entre paredes descascaradas y ventanas que dejaban pasar el viento, brillaba una luz que ni el invierno más cruel podía apagar: la luz de la ternura entre una abuela y su nieto.