Un sol implacable caía sobre el desierto de Arizona, y un solitario árbol de álamo se erguía entre dunas de arena, ofreciendo la única sombra posible. Debajo de sus ramas, siete cuerdas colgaban balanceándose lentamente con el viento del mediodía. Cole, al principio, creyó que eran los cuerpos de algún grupo de forajidos ejecutados como advertencia, pero conforme se acercaba, el sudor de su espalda se convirtió en hielo. No eran cadáveres, sino siete chicas apaches colgadas, sus pies apenas rozando la tierra, cuellos atados con fuerza, marcas de desesperación grabadas en la arena.
El corazón de Cole se detuvo por un instante. No por la escena misma, sino por el débil sonido de respiración que emergía de aquel horror. Rápidamente, se lanzó a cortar las cuerdas, una a una, tirando de los cuerpos inconscientes hacia la arena caliente. La brisa arrastró sus cuerpos frágiles como sacos rasgados. Entonces, una mano temblorosa se aferró a su camisa: un gesto que revelaba miedo, pero también urgencia. “Están regresando”, susurró una voz quebrada.
Cole miró alrededor y vio las huellas frescas, las brasas de un fuego sin apagar, las ruedas de un carro que aún no habían sido borradas por el viento. La banda de Brackett no había ido lejos y, claramente, no sabía que las chicas seguían vivas. Cole se encontraba en una encrucijada: podía fingir no haber visto nada, o podía salvarlas y enfrentarse a toda Arizona bajo el dominio de Brackett. Respiró hondo y colocó la mano sobre el mango de su revólver. La decisión era clara. “Está bien”, dijo suavemente. “No voy a permitir que alguien cuelgue inocentes en esta tierra.”
Cole improvisó un refugio bajo la sombra del álamo. Allí, protegió a las chicas del sol abrasador, dividió el poco agua que tenía y curó las heridas donde las cuerdas habían cortado la piel. Una de ellas despertó de repente, los ojos llenos de desconfianza, buscando un arma inexistente. Cole levantó las manos en señal de paz. Al escuchar el nombre Brackett, las siete chicas abrieron los ojos al mismo tiempo. La mayor habló primero, firme: “Nos salvaste, pero no te acerques demasiado.”
La chica más vieja explicó que Brackett no buscaba oro ni plata; buscaba el mapa secreto, un tesoro que marcaba fuentes de agua y vetas de minerales, protegido por los apaches con la vida. Aquella información podía iniciar una guerra. Cole comprendió que estas chicas no eran simples víctimas; eran flechas listas para disparar contra su enemigo.
Al amanecer, con el sol tiñendo de naranja el desierto, Cole empaquetó provisiones y siguió a las chicas, que caminaban con paso firme a pesar del cansancio. Cada una mostraba disciplina y determinación, enseñando a Cole que no lo estaba guiando, sino que él seguía a un grupo de guerreras nacidas para cazar. A lo largo del camino, el viento se llevó polvo y secretos, mientras la sombra de una tormenta amenazaba con detenerlos.
Finalmente, encontraron un refugio improvisado donde los padres de las chicas, ancianos y debilitados, luchaban por sobrevivir. Cole les proporcionó comida, agua y cuidado, mientras las chicas cuidaban de sus padres con devoción extrema. Cada acto de cuidado era un recordatorio de que el amor y la lealtad podían sostener la vida incluso en medio del desierto y la traición. Tres días después, cuando los ancianos recobraron fuerzas, Cole entendió que no solo había salvado vidas: había despertado un vínculo sagrado, uno que los uniría para siempre en la misión que estaba por venir.
Cole y las siete chicas apaches avanzaban por el desierto con cautela. Aunque habían sobrevivido al ahorcamiento, no había tiempo para descanso. Cada paso era un cálculo, cada sombra un posible peligro. Las chicas, a pesar de su debilidad reciente, se movían con la precisión de guerreras entrenadas, cada una leyendo el terreno como si fuera un libro abierto. Cole comprendió que no estaba liderando; estaba siguiendo a un ejército silencioso, y cada movimiento contaba.
Pronto, descubrieron señales de Brackett y su banda. Huellas recientes, restos de un fuego apagado y marcas de ruedas indicaban que los perseguidores no habían ido lejos. Pero un detalle heló la sangre de Cole: un fragmento de placa de sheriff, rasgado violentamente, revelaba que alguien más estaba involucrado. Esa persona era el Sheriff Dorian Hail, quien aparentemente servía de guía a Brackett. Las chicas intercambiaron miradas cargadas de furia y recuerdos dolorosos. Hail no era solo un cómplice; era su tío sanguíneo, alguien que había traicionado la confianza de su familia años atrás.
Shia, la mayor, comenzó a relatar la tragedia que los perseguía. Siete años antes, Hail había llegado a su aldea pidiendo refugio. Los apaches ofrecieron hospitalidad y confianza, pero esa noche, la banda de Brackett atacó sin aviso. Hombres, mujeres y niños fueron asesinados brutalmente; sus padres resistieron pero murieron ante sus ojos. Aquella noche marcó a las siete chicas para siempre. Su supervivencia había sido un acto de puro instinto, y desde ese momento juraron venganza.
Cole entendió que su papel ahora era proteger y seguir, mientras las chicas planificaban cada paso. La caza no era simplemente detener a Brackett; era ajustar cuentas con Hail, su tío traidor, y recuperar el mapa que podía decidir el destino de Arizona. Las chicas estudiaban el terreno, identificando senderos, huellas y trampas, moviéndose como sombras en un desierto que parecía respirar con ellas.
Finalmente, llegaron a Devil’s Gorge, un cañón abrupto y peligroso donde Hail esperaba. Los acantilados eran perfectos para emboscadas, y el viento arrastraba ecos de antiguas estrategias de guerra apache. Cole, a pesar de su experiencia, se dio cuenta de que estaba en territorio enemigo. Shia indicó con un gesto silencioso que era momento de avanzar. Cada chica se colocó en posición, leyendo el terreno y las huellas, identificando trampas y anticipando movimientos.
Un sonido mínimo hizo que se detuvieran. Talin, una de las chicas, detectó seis o diez enemigos en la cima del cañón. Sin alertar a Cole, comenzaron su ofensiva silenciosa. Con precisión letal, crearon confusión lanzando piedras y fuego, atacando desde posiciones inesperadas. Cole, protegiendo a su grupo, disparaba solo para mantener a raya a los hombres, mientras las chicas atacaban con estrategia y ferocidad. Cada acción estaba medida, cada movimiento calculado. En minutos, la emboscada se desmoronó y los sobrevivientes huyeron.
Pero la calma era engañosa. Sabían que Hail los esperaba más adelante, en un lugar donde la caza se volvería personal: las ruinas de una iglesia antigua. Cole comprendió que estaban entrando en territorio donde la traición y la muerte lo acechaban, y que la siguiente confrontación decidiría quién sobreviviría y quién caería. Las chicas estaban listas, y él había elegido seguirlas, dejando atrás la ley y abrazando la justicia apache.
Las siete guerreras apaches y Cole Readington llegaron al claro donde se alzaban las ruinas de la iglesia. Las paredes rotas y los vigas negras eran testigos mudos de un pasado que ya había conocido la sangre. Shia alzó la mano, señalando que era momento de detenerse. Sabían que Hail los esperaba dentro, y que cualquier movimiento en falso significaría muerte inmediata.
Cole observó a las chicas: aunque jóvenes, sus ojos reflejaban determinación absoluta. No había miedo, solo la resolución de quienes habían sobrevivido a horrores inimaginables y jurado venganza. Cada una de ellas se colocó en posición, formando un semicírculo alrededor de la entrada. Cole entendió que esta no era solo una lucha por justicia; era una venganza ancestral que había esperado años para ejecutarse.
De las sombras surgió la voz de Hail, fría y autoritaria. Exigió que entregaran a las chicas, alegando que la ley estaba de su lado. Cole miró a Shia y recibió un leve asentimiento. Fue entonces cuando decidió que su deber no era con la ley que Hail representaba, sino con la justicia real. Desafió a Hail, declarando que estaba con las chicas. Con un gesto, Shia y sus hermanas comenzaron el ataque.
El caos estalló en la iglesia derruida. Las chicas se movían como sombras vivientes, atacando con precisión quirúrgica, evitando disparos y eliminando enemigos uno por uno. Talin derribó a un atacante desde una viga; Rally atrapó a otro en una trampa perfectamente colocada; Selena y Utah atacaban desde los flancos. Cole disparaba solo para protegerse y mantener la línea de ataque.
Finalmente, Hail se enfrentó directamente a Shia. La tensión era palpable. Shia avanzó sin cobertura, enfrentando al hombre que había destruido su infancia y traicionado a su familia. Cole sostuvo su respiración mientras Shia, con una calma mortal, tensaba su arco y disparaba. La flecha atravesó la oscuridad y encontró su objetivo: Hail cayó de rodillas, derrotado y sin palabras.
El silencio se extendió por las ruinas. Las únicas voces eran el viento y los latidos de los corazones de los sobrevivientes. Cole recogió su insignia de marshal, símbolo de una ley que ya no representaba justicia. La colocó junto al cuerpo de Hail, reconociendo que la verdadera justicia había sido impartida por la mano de las apaches.
Shia se acercó a Cole, poniendo su mano sobre su pecho en señal de respeto y reconocimiento. Él había elegido unirse a ellas, abandonar el mundo que conocía y caminar al lado de quienes habían sufrido y luchado por la justicia verdadera. Las seis hermanas permanecieron detrás, silenciosas pero llenas de orgullo.
Juntos, salieron de las ruinas y montaron a caballo. Atrás quedaba la iglesia, las sombras del pasado y la sangre derramada. Delante, el desierto abierto y la promesa de un futuro que podían forjar con sus propias manos. Cole Readington había dejado de ser un marshal; se había convertido en parte de una familia forjada en dolor, justicia y lealtad.
Mientras el sol se elevaba, iluminando el desierto con tonos dorados, las siete guerreras apaches y Cole cabalgaban hacia un nuevo amanecer. La venganza estaba cumplida, la justicia hecha, y un vínculo de sangre y honor los mantenía unidos. A veces, la verdadera valentía no está en seguir la ley, sino en seguir lo que es correcto, incluso cuando el mundo entero se interpone en el camino.
Y así, la historia de Cole y las siete apaches se convirtió en leyenda, un recordatorio de que incluso en un mundo lleno de traición y violencia, la luz de la justicia y la bondad podía prevalecer.