La escalofriante bóveda del “Monstruo de la Sierra”: 38 frascos de vidrio revelan crímenes enterrados durante 36 años.

Era el otoño de 1987. México vivía tiempos de cambio, pero en las majestuosas cumbres de la Sierra de Arteaga, el tiempo parecía detenerse. Sara Castillo y Miguel Ángel Torres, una joven pareja llena de sueños, decidieron pasar un fin de semana lejos del bullicio de la ciudad. Ella, una querida educadora de preescolar; él, un arquitecto prometedor. Subieron a su auto, manejaron hacia los bosques de pinos y niebla, y nunca más volvieron.

Durante 36 años, la desaparición de Sara y Miguel fue una herida abierta en la comunidad. La versión de las autoridades fue la de siempre: “Se perdieron, el terreno es traicionero, cayeron por un desfiladero”. Caso cerrado. Pero Doña Elena Castillo, madre de Sara, nunca aceptó ese carpetazo. Mientras el país cambiaba, presidentes iban y venían, ella mantenía intacto el altar en su sala, desempolvando la foto de la pareja cada domingo después de misa.

Pero la naturaleza, a veces cruel, también es justa. Una sequía histórica golpeó la región norte del país, secando presas y ríos. Fue entonces cuando la montaña decidió “hablar”.

El hallazgo en el barranco seco

La llamada que Doña Elena esperó media vida llegó una tarde de octubre. Un guardabosques de Protección Civil había avistado algo inusual en un barranco profundo, una zona que siempre había estado cubierta por agua y maleza. Al descender, los rescatistas encontraron una mochila azul, carcomida por los años, con una etiqueta apenas legible: “Sara Castillo”.

Lo que comenzó como una recuperación de restos para dar cristiana sepultura, pronto viró hacia una investigación criminal. La Fiscalía General del Estado envió peritos a la zona. La antropóloga forense, Dra. Patricia Mora, notó algo escalofriante: los patrones de fractura en los cráneos no coincidían con una caída accidental. Habían sido golpeados desde atrás con un objeto contundente. Y algo más macabro: faltaba un hueso en la mano de Sara. Alguien se lo había llevado deliberadamente.

El cuaderno rojo y el “buen vecino”

Entre las pertenencias recuperadas, protegido milagrosamente dentro de una bolsa plástica, estaba el cuaderno de bocetos de Miguel Ángel. Tras un delicado proceso de restauración en el laboratorio forense, las últimas palabras del arquitecto salieron a la luz.

La última entrada describía un encuentro en el sendero con un hombre local, “muy amable”, que se ofreció a mostrarles una ruta secreta hacia un mirador. Miguel incluso anotó un detalle: el hombre llevaba una chamarra verde estilo militar y conocía la sierra como la palma de su mano.

Doña Elena sintió un vuelco en el corazón. Recordó que días antes del viaje, Sara le había comentado con extrañeza que un padre de familia del kínder, un tal David Palacios, le había hecho preguntas insistentes sobre su viaje: ¿A dónde irían exactamente? ¿Estarían solos?

La Detective María Santos, encargada de reabrir el caso frío, buscó en los archivos escolares de los 80. En una foto de una excursión al museo, allí estaba: David Palacios, con una chamarra verde, mirando a Sara no como un padre mira a una maestra, sino como un depredador mira a su presa.

La cara del mal en una colonia residencial

David Palacios no era un fugitivo. Era un hombre de 70 años, jubilado, que vivía tranquilamente en una colonia de clase media, saludando a los vecinos y paseando a su perro. Cuando la policía tocó a su puerta, él sonrió con la arrogancia de quien se cree impune, amparado por el paso de las décadas.

“¿1987? Eso fue hace mucho tiempo, señora”, dijo con frialdad cuando Doña Elena lo confrontó junto a los detectives. Pero su tranquilidad se desmoronó cuando la Fiscalía logró una orden de cateo. Su perfil encajaba con el de un asesino serial organizado: narcisista, meticuloso y con un historial de residencias cercanas a zonas donde habían desaparecido otros excursionistas en Nuevo León y Coahuila.

La casa de los horrores

El operativo se realizó al amanecer. Mientras los vecinos observaban atónitos, los agentes sacaban a Palacios esposado. Pero el verdadero horror estaba bajo tierra.

En el sótano, tras una puerta de seguridad, los peritos encontraron lo que la prensa bautizaría como “El Museo del Monstruo”. No era un cuarto desordenado; era una colección. Mapas topográficos de la Sierra Madre con alfileres de colores marcaban puntos específicos. Diarios escritos a mano detallaban “cacerías” humanas. Y en estantes de madera, docenas de frascos de vidrio etiquetados con fechas y lugares.

Doña Elena tuvo que ser sostenida por la detective Santos al entrar. En un frasco marcado con la fecha de desaparición de su hija, encontró el anillo de compromiso de Sara y un pequeño hueso. Palacios no solo mataba; conservaba trofeos de sus víctimas para revivir sus crímenes. Se contabilizaron 38 frascos. 38 personas que no “se perdieron” en la montaña. 38 familias que, como la de Doña Elena, llevaban años viviendo en la incertidumbre.

Justicia tardía, pero justicia al fin

El caso sacudió a México. La confirmación de un asesino serial operando impunemente durante décadas indignó a la opinión pública, pero también trajo un cierre necesario. David Palacios fue sentenciado a la pena máxima permitida, asegurando que morirá en prisión.

Dos años después del hallazgo, en un día despejado de otoño, Doña Elena regresó a las faldas de la sierra. Esta vez no iba a buscar, iba a recordar. Junto a otras familias de víctimas identificadas gracias a los diarios de Palacios, colocaron una placa conmemorativa en el inicio del sendero.

“Gracias por no soltarme la mano”, le dijo Doña Elena a la detective Santos, con la voz quebrada pero firme.

Doña Elena, ahora con el cabello completamente blanco y pasos lentos, miró hacia la inmensidad de la montaña. Ya no le tenía miedo. Había recuperado a su hija. La había traído de vuelta a casa para que descansara junto a su padre.

“Te encontré, mi niña”, susurró al viento. “Ya nadie te hará daño”.

La historia de Sara y Miguel nos recuerda que, en un país herido por las desapariciones, la esperanza es lo último que muere, y que la perseverancia de una madre es capaz de desenterrar la verdad, incluso cuando está sepultada bajo toneladas de roca y olvido.

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