“El misterio de Yosemite: La desaparición sin rastro de Maya Chen y Jake Morrison”

El 23 de septiembre de 2016 amaneció claro y dorado en Sacramento. Mientras la luz del sol se filtraba por la ventana de su pequeño apartamento, Maya Chen, ingeniera de software de 26 años, preparaba lo que sería su escapada anual a la naturaleza: tres días en el corazón del Parque Nacional de Yosemite junto a su mejor amigo, Jake Morrison, de 28. Lo que debía ser un respiro entre montañas se transformaría en uno de los misterios más desconcertantes de la historia moderna del parque.

Maya era meticulosa. Planeaba cada ruta, verificaba su equipo dos veces, revisaba mapas y pronósticos. Jake, más impulsivo, veía el mundo como una aventura perpetua. Ambos se complementaban. Amigos desde sus días en la Universidad de California, compartían la pasión por el senderismo y la tranquilidad que solo se encuentra lejos de la civilización.

El viaje fue cuidadosamente planificado: tres días de caminata por la zona de Glen Aulin, un tramo de belleza impresionante en el Gran Cañón del río Tuolumne. Maya había conseguido los permisos con meses de anticipación y llevaba consigo un comunicador satelital, su garantía de contacto con el mundo exterior.

El viernes por la mañana partieron en el Subaru de Maya. Un último adiós a los vecinos, un café rápido y carretera. A las 2:47 p.m., enviaron su último mensaje: “Comenzando la aventura. Les escribo esta noche.” Fue la última vez que alguien supo de ellos.

El rastro que se desvaneció

El sábado amaneció sin noticias. Al principio, los padres de Maya pensaron que era un simple fallo de señal. Pero la inquietud creció con las horas. A las 9:30 p.m., la madre de Maya llamó al centro de emergencias del parque. Le aseguraron que era común perder conexión en la zona. Sin embargo, su instinto le decía otra cosa.

El domingo, al no recibir respuesta, el Servicio de Parques Nacionales lanzó una búsqueda oficial. Lo que encontraron fue… nada. Ninguna tienda montada, ninguna fogata reciente, ningún rastro de actividad en el campamento donde debían pasar la noche.

La última persona que los vio fue un excursionista de San Francisco, David Kowalski, alrededor de las 4:15 p.m. del viernes. Dijo que ambos estaban de buen ánimo, bien equipados y siguiendo el sendero correcto. Después de ese encuentro, se desvanecieron.

Una búsqueda sin precedentes

Más de 80 rescatistas, helicópteros con cámaras térmicas y perros rastreadores se desplegaron durante una semana. Se exploraron cañones, cuevas y precipicios. Ni una huella, ni una prenda, ni un rastro de fuego. Solo un detalle escalofriante: una única pisada en la arena, coincidente con las botas de Maya, aislada, inexplicable.

Los perros siguieron el olor hasta medio kilómetro del punto donde fueron vistos. Luego, como si el aire se lo hubiera tragado, el rastro desapareció por completo sobre roca sólida.

Los expertos quedaron desconcertados. No hubo tormentas, no había animales peligrosos reportados, y ambos excursionistas tenían experiencia. No existía explicación lógica para que dos personas desaparecieran sin dejar un solo indicio.

El doctor Richard Hawkins, especialista en medicina de montaña, lo resumió así:

“En todos mis años de búsqueda, nunca vi un caso donde simplemente no hubiera nada. Incluso los desaparecidos dejan huellas. Aquí, la montaña parece habérselos tragado.”

Sin señales de vida

Las cuentas bancarias de ambos mostraban actividad normal. Ninguno había hecho retiros inusuales ni manifestado deseos de escapar de su vida. Maya era cercana a sus padres; Jake planeaba retomar su carrera. Ningún indicio de suicidio, crimen o huida voluntaria.

Para el jueves 29 de septiembre, la historia ya había captado la atención nacional. Las cámaras de televisión acamparon en los prados de Tuolumne, y el público seguía el caso con fascinación. ¿Podría la naturaleza esconder algo más que belleza?

Al día siguiente, el jefe de guardabosques Michael Torres anunció el fin de la búsqueda activa. El clima empeoraba, y la seguridad de los equipos estaba en riesgo. La decisión devastó a las familias, que se negaban a aceptar el silencio de la montaña.

Los años del vacío

Durante meses, los padres de Maya y Jake organizaron búsquedas privadas. Contrataron expertos en radar de penetración terrestre, voluntarios, drones y perros rastreadores de otros estados. Ninguna tecnología logró romper el misterio.

El tiempo pasó. La nieve cubrió Yosemite ese invierno y selló cualquier posibilidad de encontrar nuevas pistas. Para la primavera siguiente, el caso había sido clasificado como “desaparición sin resolución”.

Cada aniversario, los padres regresaban al parque. Dejaban flores en el punto donde fueron vistos por última vez. A veces, decían, el viento entre los pinos sonaba como sus voces.

El hallazgo que reabrió el misterio

Siete años después, en el verano de 2023, una cuadrilla de mantenimiento del parque encontró algo extraordinario. Las raíces de un pino caído habían levantado tierra y piedra, revelando una forma insólita: una carpa enterrada, con los sellos aún intactos. Dentro, los restos de equipo coincidentes con los de Maya y Jake: una lámpara solar, una navaja, dos cantimploras vacías… y un cuaderno parcialmente legible.

El cuaderno, protegido por una bolsa impermeable, tenía solo tres frases escritas:

“El sol se ha ido. Todo está quieto. No hay nadie.”

Ninguna huella humana reciente rodeaba el lugar. La carpa estaba a más de 10 kilómetros de su ruta planeada, en una zona donde ningún mapa registraba un sendero.

La noticia reavivó el caso y la especulación pública. ¿Cómo llegaron allí? ¿Qué los llevó a desviarse tanto del camino? Y lo más inquietante: ¿por qué enterraron su propia tienda bajo raíces y tierra?

Una historia que resiste el olvido

Hoy, el caso de Maya Chen y Jake Morrison sigue siendo uno de los enigmas más inquietantes de Yosemite. En los foros de excursionistas, se menciona como “la desaparición imposible”. Algunos hablan de desorientación extrema, otros de fallas geológicas o incluso de fenómenos inexplicables.

Lo cierto es que, más allá de las teorías, lo que queda es el silencio. Un silencio tan profundo como el del valle donde fueron vistos por última vez.

A la entrada del parque, junto a un mirador sobre el Gran Cañón del río Tuolumne, hay una pequeña placa colocada por sus familias. No lleva fechas de muerte. Solo una frase grabada en bronce:

“Amaban las montañas. Que las montañas los recuerden.”

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