
La lluvia golpeaba los cristales de la mansión Blackwood como si el cielo mismo estuviera tratando de entrar, desesperado por revelar los secretos que se pudrían dentro. Margaret Blackwood, con las manos temblorosas y el corazón marchito por siete años de luto ininterrumpido, empacaba los últimos restos de una vida que ya no reconocía.
Su esposo, el respetado Dr. Jonathan Blackwood, había muerto hacía seis meses. Un infarto fulminante. Se llevó a la tumba su prestigio, su dinero y, aparentemente, el misterio de lo que le sucedió a su hija.
Emily.
El nombre era un puñal en la garganta de Margaret. Tenía catorce años el día que se desvaneció de la sala de estar. Sin gritos. Sin forcejeos. Simplemente, aire. Siete años de silencio. Siete años de imaginar lo peor.
Margaret suspiró, el sonido resonó en la biblioteca vacía. Alargó la mano hacia el último estante de caoba. Un grueso volumen de anatomía, encuadernado en cuero rojo, sobresalía ligeramente. Jonathan siempre fue meticuloso. Aquel desorden era una ofensa a su memoria.
Ella empujó el libro. No se movió. Tiró de él.
Clack.
El sonido fue mecánico. Frío. Deliberado.
Margaret se congeló. El aire en la habitación pareció detenerse. Un zumbido grave emanó de las paredes y, ante sus ojos incrédulos, la estantería central se deslizó hacia adentro con un gemido de madera vieja y metal engrasado.
Oscuridad. Un abismo negro donde debería haber pared.
El corazón de Margaret golpeaba contra sus costillas como un pájaro enjaulado. Tomó la linterna que descansaba sobre el escritorio y apuntó el haz de luz hacia la negrura.
Lo que vio la hizo caer de rodillas.
No era un pasadizo. Era una habitación. Pequeña. Claustrofóbica. Sin ventanas. En el rincón, una cama estrecha con sábanas rosas. Esas sábanas. Las de princesas que Emily amaba. Sobre una mesita improvisada, una muñeca de porcelana con un ojo roto y un cuaderno morado.
—No… —el susurro de Margaret se quebró—. Por favor, Dios, no.
Entró. El aire olía a moho y a desesperación rancia. Se acercó a la mesita y tomó el cuaderno. Lo abrió. La letra era infantil, redonda, temblorosa.
15 de octubre de 1950. “Papá me trajo aquí. Dice que estoy castigada. Dice que no puedo salir hasta que aprenda a comportarme. Tengo miedo. Quiero a mamá.”
Margaret soltó un grito gutural, un sonido animal que desgarró su garganta. No había sido un extraño. No fue un secuestrador en la noche. Había sido él. Jonathan. El hombre con el que durmió cada noche, el hombre que lloró falsamente ante las cámaras de televisión pidiendo el regreso de su “princesa”. Él la tuvo allí. Detrás de los libros. A metros de donde Margaret se sentaba a llorar por su ausencia.
Pasó las páginas frenéticamente. El terror aumentaba con cada fecha.
14 de febrero de 1954. “Hoy cumplo 18 años. Papá trajo un pastel. Me miraba raro. Dijo que ya soy una mujer. Dijo que tengo un nuevo propósito.”
8 de septiembre de 1955. “Vino un médico amigo de papá. Estoy embarazada. No sé cómo pasó… bueno, sí sé, pero no quiero escribirlo. Me duele todo. Papá dice que el bebé irá a una buena familia.”
Margaret vomitó. Bilis y horror puro mancharon el suelo de madera. Su hija no solo había estado prisionera. Había sido usada. Convertida en una fábrica.
—¡Marta! —gritó, sin importarle quién escuchara—. ¡Llama a la policía! ¡Ahora!
El detective Thomas O’Malley llegó veinte minutos después, con el rostro endurecido por años de crímenes sin resolver. Pero nada lo preparó para la habitación detrás de la estantería.
—Señora Blackwood —dijo Thomas suavemente, viendo a la mujer temblar en el sofá—. Necesito que sea fuerte. Encontramos marcas en la pared. Marcas de crecimiento. Y… cabello. De diferentes colores.
Margaret levantó la vista, los ojos inyectados en sangre. —¿Diferentes colores?
—Emily no fue la única —dijo Thomas con gravedad—. Su esposo… esto no era solo un castigo. Era un negocio.
La investigación se movió a la velocidad del rayo. Los archivos ocultos en el consultorio del Dr. Blackwood revelaron una red de pesadilla. “Adopciones privadas”. Bebés vendidos por sumas exorbitantes a familias desesperadas de la alta sociedad. Y las madres… niñas secuestradas, “problemáticas”, borradas del mapa y convertidas en incubadoras.
Pero Emily ya no estaba en la habitación. La última entrada del diario, escrita hacía seis meses, era desesperada.
“Papá dice que soy demasiado vieja. Que me llevará a ‘La Granja’. Dice que allí podré ser útil una última vez. Si alguien lee esto, mamá, te amo.”
—¿Dónde está? —exigió Margaret, agarrando la solapa del detective—. ¿Dónde está esa granja?
Marta, la vieja ama de llaves, dio un paso al frente, con lágrimas en los ojos. —Yo… yo escuché algo una vez, señora. El doctor hablaba por teléfono. Mencionó el lago Wenham. Una propiedad cerca del viejo asilo.
O’Malley no esperó. —¡Movilicen a todas las unidades! ¡Quiero esa zona rodeada en una hora!
La caravana de coches patrulla rompió el silencio de la noche rural. Las luces rojas y azules teñían los árboles desnudos de un tono violento. La granja parecía abandonada, una estructura esquelética bajo la luna llena.
Margaret iba en el asiento trasero del coche de O’Malley, con el chaleco antibalas apretándole el pecho, pero el dolor físico era irrelevante. Solo existía la necesidad de verla.
—Quédese aquí —ordenó O’Malley al bajar, desenfundando su arma.
—Ni lo sueñe —respondió ella, abriendo la puerta.
El equipo táctico avanzó hacia el granero principal. Se escuchaban murmullos. Voces. O’Malley pateó la puerta.
—¡Policía! ¡Todo el mundo al suelo!
El caos estalló. Dos hombres intentaron correr hacia la parte trasera, pero fueron placados contra el barro. Dentro del granero, el olor era nauseabundo. Heno sucio, sudor y miedo. Y allí estaban. Diez, quizás doce chicas. Pálidas, escuálidas, vestidas con harapos grises. Todas embarazadas. Sus ojos eran enormes en sus rostros demacrados, brillando con terror ante las luces de las linternas.
Margaret corrió, empujando a los oficiales, escaneando cada rostro con desesperación. —¡Emily! ¡Emily!
Un gemido desde un rincón oscuro. Una figura se movió entre las sombras. Una joven mujer, con el vientre abultado de siete meses, el cabello rubio sucio y enmarañado. Parecía tener treinta años, no veintiuno. Sus ojos estaban apagados, vacíos.
Pero eran los ojos de Jonathan. Y la boca de Margaret.
—¿Mamá? —la voz fue un hilo de cristal rompiéndose.
Margaret se lanzó hacia ella, cayendo de rodillas en la paja sucia, envolviendo a su hija en un abrazo que intentaba pegar de nuevo todos los pedazos rotos de sus almas.
—Te tengo —sollozó Margaret, besando su frente, sus mejillas sucias—. Te tengo, mi amor. Ya pasó. El monstruo se ha ido.
Emily se aferró a ella con una fuerza sorprendente, hundiendo la cara en el cuello de su madre. —Dijo que no me querías… Dijo que me habías regalado…
—Mintió —rugió Margaret, con una furia que podría haber quemado el mundo—. Todo fue mentira. Te busqué cada día. Te amé cada segundo.
El juicio contra los cómplices de Jonathan y el cabecilla de la red, el Dr. Westbrook, fue el evento más mediático de la década. Pero Margaret apenas prestó atención a las cámaras. Su mundo se reducía a una habitación de hospital, y luego, a su nueva casa, lejos de la mansión maldita.
Emily era fuerte. Más fuerte de lo que cualquiera hubiera imaginado.
Meses después, en una sala de partos iluminada por el sol, Emily sostuvo a su bebé. Un niño. El médico le preguntó si quería darlo en adopción, asumiendo que el niño era un recordatorio del trauma. Emily miró al bebé, con sus pequeños dedos aferrados al aire. Luego miró a Margaret.
—No —dijo Emily firmemente—. Este es mi hijo. No es producto de ellos. Es mío. Y de David.
David. Otro prisionero. Un chico que usaban para… criar. Habían encontrado consuelo el uno en el otro en medio del infierno. Él también había sido rescatado. Estaba en Oregón, recuperándose. Se escribían cartas todos los días.
Tres años después.
El jardín de la pequeña casa de campo estaba lleno de flores silvestres. Margaret servía limonada en el porche, observando la escena frente a ella. Emily reía. Una risa real, sonora, que hacía que sus ojos brillaran. Estaba empujando un columpio donde un niño pequeño gritaba de alegría. A su lado, un joven con cicatrices en los brazos pero una sonrisa amable empujaba otro columpio. David había venido a visitarla hacía un año y nunca se fue.
No todo era perfecto. Había noches en las que Emily se despertaba gritando. Había días en los que Margaret miraba una estantería y sentía ganas de vomitar. El trauma no desaparece; se aprende a vivir con él, a hacerlo pequeño para que no ocupe toda la habitación.
Emily se detuvo, sintiendo la mirada de su madre. Se volvió y sonrió. Había paz en esa sonrisa. Una paz ganada a sangre y fuego.
Margaret levantó su vaso en un brindis silencioso.
Habían encontrado la puerta secreta al infierno, sí. Pero juntas, habían encontrado la salida. Y ahora, bajo el sol de la tarde, la oscuridad de la biblioteca parecía estar a un millón de años de distancia.
Jonathan Blackwood estaba muerto y su legado era ceniza. Pero Emily… Emily estaba viva. Y eso era la única victoria que importaba.