
En el laberinto de concreto y lonas que conforma el corazón de Tepito, las reglas son distintas al resto de la Ciudad de México. Aquí, el silencio es la mejor defensa y la supervivencia se negocia día con día. Sin embargo, en 2019, una mujer de 47 años rompió todas las reglas no escritas del Barrio Bravo. Rosa María García Méndez no usó armas de alto calibre ni formó un grupo de autodefensa. Su arma fue mucho más cotidiana, discreta y, a la postre, letal: masa de maíz, salsa verde y una paciencia inquebrantable.
Durante cinco meses, una docena de hombres vinculados a la organización delictiva La Unión Tepito perdieron la vida en circunstancias extrañas. Todos presentaban síntomas similares a una intoxicación severa, pero nadie, ni los médicos ni los líderes criminales, lograban identificar la causa. La respuesta estaba a la vista de todos, humeando en una olla de peltre en la esquina de Eje 1 Norte y Tenochtitlán. Esta es la crónica de cómo una vendedora de tamales se convirtió en la ejecutora más silenciosa que el barrio haya conocido.
Una Vida de Trabajo y Sueños Rotos
Rosa llegó a la capital en 1992, con apenas 19 años y una maleta cargada de sueños y recetas oaxaqueñas. Tepito, aunque duro, le permitió ganarse la vida honestamente. Durante casi tres décadas, se levantó religiosamente a las 4 de la mañana para preparar sus tamales, ganándose el apodo de “Doña Rosita” entre los vecinos y trabajadores de la zona.
Su vida giraba en torno a su puesto y a su familia. Su esposo, Armando Soto, era un mecánico de manos siempre manchadas de aceite que trabajaba a unas cuadras de distancia. Juntos habían criado a dos hijos, quienes eventualmente dejaron el barrio buscando un futuro más seguro en Querétaro. Rosa y Armando tenían un plan simple: ahorrar lo suficiente para abrir un local formal, dejar la calle y envejecer tranquilos.
Pero Tepito no perdona planes a largo plazo. En octubre de 2019, la violencia tocó a su puerta de la manera más cruel. Armando fue acribillado en su taller por tres sicarios en motocicletas. No había deudas, no había conflictos; simplemente se equivocaron de persona. Creyeron que el taller pertenecía a un grupo rival.
La tragedia de Rosa no terminó con el levantamiento del cuerpo. Lo que siguió fue el calvario burocrático que miles de mexicanos conocen bien. En la fiscalía, un agente del Ministerio Público le dio la respuesta estándar: no había testigos, las cámaras no servían y, básicamente, debía resignarse. “Si quiere justicia, mejor rece”, le dijeron. En ese momento, algo se rompió dentro de Rosa. La mujer que había seguido las reglas durante 28 años murió junto con su esposo, y en su lugar nació alguien dispuesto a cobrar las deudas que el sistema ignoraba.
El Despertar de la “Justiciera”
Rosa no era una improvisada. Pocos sabían que, en su juventud, había cursado tres semestres de enfermería en la UNAM antes de dejarlo por la maternidad. De aquellos días guardaba un conocimiento específico que, treinta años después, se convertiría en su herramienta de venganza: las toxinas vegetales. Recordó una clase sobre el ricino, una planta ornamental cuyas semillas contienen ricina, una proteína capaz de detener las funciones celulares con una eficacia aterradora.
Con la misma disciplina con la que preparaba su masa, Rosa investigó. Fue a cibercafés, imprimió artículos sobre toxicología y compró las semillas en el Mercado de Sonora bajo la excusa de la jardinería. En la soledad de su departamento, transformó su cocina en un laboratorio. Molía, filtraba y procesaba hasta obtener un polvo blanquecino letal. Hizo pruebas con ratas en la azotea para confirmar su efectividad. Funcionaba.
Entonces, creó “El Cuaderno”. Una libreta escolar donde anotó los nombres de los responsables: los sicarios que mataron a Armando (cuyos apodos consiguió indagando con vecinos) y los cobradores de piso que extorsionaban a los comerciantes. Estableció un código moral estricto: solo ellos. Los clientes inocentes, los trabajadores y los oficinistas seguirían disfrutando de sus tamales sin riesgo. Para diferenciar las trampas mortales, ataba un imperceptible hilo rojo en la punta de la hoja de maíz de los tamales envenenados.
La Lista Roja
El primero en caer fue “El Chino”, un cobrador de la Unión que tenía la costumbre de desayunar en el puesto de Rosa después de recoger la cuota. Un sábado de noviembre, se llevó tres tamales de rajas “especiales”. Horas más tarde, moría en un hospital con un diagnóstico de falla multiorgánica. Nadie sospechó. En Tepito, la gente muere joven y por muchas razones; una intoxicación más no levantó alarmas. Rosa tachó el primer nombre en su cuaderno.
Luego vino el reemplazo del cobrador, un sujeto más agresivo conocido como “El [__]”, junto con sus ayudantes. Rosa les sirvió con una sonrisa, viendo cómo devoraban su propia sentencia. Días después, los tres estaban fuera de combate; dos fallecieron y uno, apodado “Culiche”, quedó con daño hepático permanente.
La operación de Rosa escaló. Localizó a los asesinos materiales de su esposo, “El Flaco” y “El Cholo”, y se las ingenió para venderles tamales cerca de su punto de reunión. Cayeron esa misma semana. La organización criminal empezó a entrar en pánico. Seis de sus hombres habían muerto en poco más de un mes con los mismos síntomas. Hubo purgas internas, ejecuciones por sospecha de traición, pero nadie miraba hacia el inofensivo puesto de la señora Rosita.
El Banquete Final y la Caída
El clímax de esta historia ocurrió en diciembre de 2019. La célula criminal organizó su tradicional posada navideña en una bodega de seguridad. Por azares del destino, o tal vez por la reputación de su sazón, contrataron a Rosa para proveer la comida. Ella vio la oportunidad definitiva. Preparó 80 tamales; 20 de ellos venían cargados con una dosis calculada de ricina y marcados con hojas de un tono distinto.
Durante la fiesta, Rosa colocó estratégicamente la charola con los tamales especiales cerca de la mesa principal, donde se sentaban los jefes y sicarios de mayor rango. Se fue antes de que empezara el caos. Esa madrugada, varios hombres, incluido el jefe de plaza y uno de los implicados en la muerte de Armando, comenzaron a vomitar y colapsar. Seis murieron en los días siguientes.
Fue el exceso de muertes lo que alertó a una agente especial de la Fiscalía, Minerva Castillo. El patrón era innegable: solo morían miembros de la Unión, todos con síntomas gastrointestinales. Tras exhumaciones y análisis avanzados, encontraron trazas de ricina. La pieza clave fue “Culiche”, el sobreviviente hospitalizado, quien confesó que lo único que todos tenían en común era haber comido los tamales de Doña Rosita.
La Sentencia y el Legado
El 30 de diciembre, la policía cateó el departamento de Rosa. No opuso resistencia. Encontraron el laboratorio improvisado, las semillas y, lo más condenatorio, el cuaderno con los 12 nombres tachados.
En el interrogatorio, Rosa no pidió perdón ni mostró arrepentimiento. Su confesión fue fría y pragmática: “Las pistolas hacen ruido, los tamales no, y todos comen”. Explicó que ante la inacción de las autoridades, ella había decidido cerrar el caso de su esposo a su manera. “Armando sigue mver-to, yo estoy aquí, y ellos también están mver-tos. Ya está hecho”, declaró.

El juicio fue rápido. Rosa fue sentenciada a 180 años de prisión en el penal de Santa Martha Acatitla. A pesar de la condena, su historia dividió a la opinión pública. Para muchos, era una asesina calculadora; para otros, un síntoma de un estado fallido que orilla a los ciudadanos a tomar medidas desesperadas.
Hoy, Rosa tiene 51 años y trabaja en la cocina del penal, enseñando a otras reclusas a preparar tamales, aunque ella nunca vuelve a probarlos. Sus hijos la visitan esporádicamente, cargando el peso de una tragedia familiar que destruyó todo lo que conocían. Mientras tanto, en Tepito, el puesto sigue allí, ahora atendido por otra persona, y la violencia continúa su ciclo interminable, indiferente a la mujer que, por un breve momento, hizo temblar al crimen organizado con nada más que maíz y salsa.