La Cicatriz del Gran Reloj: Una Sombra en el Nueve

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El cristal se astilló en cámara lenta. Un sonido seco y helado en la noche de diciembre.

Elías no sintió el corte en su mano. Solo sintió la prisa. El frío. El pánico que le subía por la garganta como vómito.

Había sido un error. Un acto desesperado.

Adentro, las luces de la oficina de empeños brillaban sobre los diamantes falsos y el oro de segunda mano. Un trono de miseria. Elías se deslizó por la abertura. El vientre le rugía. El hambre era un animal enjaulado. Lo había sido durante tres días.

El plan era sencillo. La caja fuerte. El reloj.

Pero nada era sencillo.

Elías se inmovilizó.

Una silueta. No el vigilante. Más alta. Más quieta.

La figura estaba de espaldas a él, de pie frente al mostrador. Un abrigo de paño, oscuro. Tenía el pelo recogido, una trenza gruesa que le caía por la espalda. No se movía. No respiraba.

Elías se pegó al suelo. El corazón le golpeaba las costillas. Un tambor de guerra en el silencio.

Ella giró. Lentamente.

Era joven. No más de veinticinco. Los ojos de un verde tan profundo que parecían absorber la poca luz. No había miedo en ellos. Solo una tristeza antigua, pétrea.

“Sé lo que buscas,” dijo ella. La voz era un susurro roto, como papel de lija.

Elías no habló. El frío en sus manos, el frío del cristal, se convirtió en un calor violento y ciego. Poder. El poder del que no tiene nada que perder.

Se puso de pie. “Vete de aquí.”

Ella ladeó la cabeza, una sonrisa pequeña, como una herida que vuelve a abrirse.

“No. Yo lo necesito más que tú.”

Elías dudó. No era una ladrona. Era otra cosa. Una sombra con ojos de esmeralda.

“No sabes lo que es el hambre,” siseó él. La frase salió cruda. Venenosa.

Ella levantó la mano. Los dedos eran delgados, cubiertos de una tierra grisácea, como si acabara de salir de una tumba.

“Lo sé todo sobre el hambre, Elías.”

Él se congeló. El nombre. Ella sabía su nombre.

“¿Quién eres?”

Ella avanzó un paso. El aire se hizo denso. El miedo se convirtió en rabia. No dejaría que lo atraparan por nada.

Elías se abalanzó. No pensó en la navaja que llevaba. Solo en el instinto. La supervivencia.

Ella no se movió. Lo esperó.

Cuando Elías estuvo a menos de un metro, ella alzó el brazo y señaló un punto detrás de él.

“Míralo,” ordenó. Su voz ahora tenía un filo de metal.

Él se giró, confuso, preparado para el golpe.

En la pared, encima de la caja fuerte, no había nada. Solo una mancha.

“El gran reloj,” dijo ella, su voz cayendo de nuevo al susurro. “Lo vendieron hace quince años. Por la deuda de tu padre.”

Elías sintió que el suelo se hundía. Un recuerdo como un rayo. Elías, de diez años, escondido detrás de las piernas de su madre, viendo cómo se llevaban el único objeto de valor que poseían. Un reloj de bolsillo, de oro, regalo de su abuelo. La deuda. La miseria.

“¿Cómo…?” Elías no podía respirar.

“Somos lo mismo,” continuó ella. “Fragmentos del mismo desastre.”

Ella señaló un rincón, cubierto de polvo. Vio una fotografía. Borrosa. Amarillenta.

Elías y su madre. Felices. Detrás de ellos, en la pared de un salón que ya no existía, colgaba un cuadro. Un cuadro que Elías había pintado.

“Tú pintaste ese paisaje,” dijo ella. “Yo lo robé, Elías.”

Él la miró. Sus ojos verdes se inundaron de una verdad hiriente.

“¿Qué quieres?” preguntó él, la rabia drenando, dejando solo el dolor. El vacío.

“Elías, necesito el dinero que el dueño guarda en la caja fuerte. Es mi dinero. Mi madre era su socia. Él la dejó morir en la quiebra y se quedó con todo.” Sus ojos se cristalizaron. El dolor se hizo poder. “Yo no busco la comida. Busco la justicia.”

Elías vio la cicatriz. Una línea fina que iba desde su ceja hasta su pómulo. Una herida antigua, como la de él.

“Si yo te ayudo,” dijo Elías, su voz grave, la del hombre que toma una decisión irrevocable. “Si abrimos esa caja, ¿qué vas a hacer después?”

Ella se acercó. Sus ojos en los de él. El pacto.

“Compraré de vuelta el cuadro de tu madre, Elías.”

Él sonrió. Una mueca amarga, rota. La redención. No era comida. Era dignidad.

“Bien,” susurró. “Hay una manera de anular la alarma, pero no será silenciosa.”

Ella sacó un pequeño destornillador de su bolsillo. “No estoy buscando el silencio. Estoy buscando el eco.”

Elías se acercó a la caja fuerte. El metal frío. Recordó la combinación que su padre le había dicho una vez, cuando era niño, un juego: la fecha de nacimiento de su madre. El número de la esperanza.

Giró el dial. Tres veces a la derecha, el siete. Dos a la izquierda, el veintidós. Uno a la derecha, el cero-uno.

CLIC.

El sonido de la cerradura al ceder fue ensordecedor. Elías abrió la puerta de metal. Adentro, fajos de billetes y documentos.

Ella se quedó quieta. No se abalanzó. El poder de la espera.

“Sácalo, Elías,” dijo ella. “Mitad tú. Mitad yo.”

Él dudó. El dinero. El fin del hambre.

En ese momento, la sirena de la policía rompió el silencio de la calle. Fuerte. Inminente.

Elías tomó una decisión. No tomó el dinero. Tomó la bolsa de documentos.

“No es el dinero,” gritó. “Son los documentos. Prueba de la sociedad de tu madre.”

Ella lo miró. Una lágrima resbaló por su mejilla.

“Gracias, Elías.”

Elías se lanzó contra el agujero de cristal. Acción.

“¡Vámonos! ¡El túnel!”

Ella lo siguió. Antes de deslizarse, ella tomó de un joyero abandonado el único objeto sin brillo. Una pequeña brújula de latón.

Afuera, la luz roja y azul de las patrullas pintaba la nieve.

Se deslizaron por la alcantarilla de mantenimiento. El frío. El olor a cieno. La oscuridad.

Mientras se arrastraban, ella le tendió la mano. Elías se la tomó.

“Soy Aurora,” dijo.

“Lo sé,” respondió Elías.

En el túnel, en la oscuridad, rodeados de miseria, dos sombras encontraron una luz. No era el final. Era el comienzo. El de una guerra contra el vacío, juntos.

Redención.

Elías apretó la bolsa de documentos contra su pecho. No había cenado. Sus manos sangraban. Pero el animal enjaulado se había calmado. Había encontrado algo más que comida. Había encontrado un propósito.

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