El guardián del bosque: el escalofriante caso de los Marlo y la cabaña maldita de Oregon

En agosto de 2012, Alex y Sophia Marlo, una joven pareja de Portland apasionada por la naturaleza, emprendió una caminata de dos días por el Parque Jefferson, en el corazón del Bosque Nacional Willamette, Oregon. Aquella mañana, las cámaras de seguridad del estacionamiento de Whitewater Creek los captaron a las 7:42, sonrientes, con mochilas, cámara y termo. Dos días después debían regresar. Nunca lo hicieron.

Desaparición en el corazón verde

El 19 de agosto, al no tener noticias, amigos y familiares alertaron a la policía del condado de Marion. En cuestión de horas, helicópteros, rescatistas y perros rastreadores cubrieron cada sendero, arroyo y pendiente. Hallaron huellas que se desvanecían a pocos metros de Russell Lake, el último lugar donde un excursionista, Jonathan Clark, los había visto con vida. “Parecían felices, tranquilos. Nada fuera de lo normal”, declaró.

Durante tres días, la búsqueda fue intensa. Luego, el mal tiempo lo cubrió todo: lluvia, frío, viento y silencio. El auto de los Marlo seguía en el estacionamiento, intacto, con sus pertenencias adentro. Nada sugería un escape ni un ataque. Sin rastro, sin señales, sin respuestas.

Los voluntarios no se rindieron, y el padre de Alex, un exguardabosques, continuó volviendo cada año. Lo veían solo, con binoculares, mirando hacia el bosque. “Esperaba que su hijo saliera caminando de entre los árboles”, recordaría un guardabosques.

La madre de Sophia, en cambio, llevaba un diario con llamadas, peticiones y nombres de cuerpos sin identificar. Ninguno coincidía. La historia, poco a poco, se desvaneció de los noticiarios y pasó a ser una leyenda local: “La pareja que se perdió en el bosque que no devuelve a nadie.”

El hallazgo

Seis años después, en el verano de 2018, tres escaladores de Portland exploraban el cañón de Opal Creek, una zona densa, húmeda y casi impenetrable. Entre la niebla, uno de ellos divisó algo extraño: una forma rectangular entre las copas de los abetos. Al acercarse, vieron una cabaña suspendida a unos seis metros del suelo, camuflada entre las ramas de un gigantesco abeto Douglas.

Era vieja, podrida por la humedad y cubierta de musgo. Abajo, restos de una vieja escalera de cuerda y señales de fuego antiguo en la base del tronco. No subieron: el árbol era demasiado frágil y el ambiente, inquietante. Tomaron fotos y se marcharon.

Días después, entregaron las coordenadas al Servicio Forestal. Nadie imaginaba que ese hallazgo reabriría uno de los casos más aterradores del estado.

La cabaña del horror

Una semana más tarde, el guardabosques Jason Reed lideró una inspección oficial. Al abrir la puerta de la cabaña, un olor rancio y áspero los envolvió. Dentro, polvo acumulado, latas oxidadas y un silencio espeso. Pero en una de las paredes, algo los detuvo: un grabado tosco, hecho con carbón, representaba un árbol con raíces que atrapaban dos figuras humanas.

Bajo una lona encontraron una mochila pequeña. Dentro, un cepillo de dientes, un cuaderno y una inscripción: S. Marlo.

Era el primer indicio real en seis años.

El cuaderno, luego confirmado como el diario de Sophia Marlo, contenía frases desordenadas, escritas con letra temblorosa:

“Estamos atrapados. No nos deja hablar. Dice que profanamos su tierra.”
“Lleva una máscara de corteza. Su voz suena como si viniera del suelo.”
“Dice que el bosque decidirá quién es culpable.”
“Hoy puso piedras en la puerta. Dijo que está eligiendo un árbol.”

La última línea, casi ilegible, estremeció a los investigadores:

“Dijo que el árbol decidiría quién sería el primero.”

La verdad bajo la tierra

El hallazgo del diario impulsó una nueva excavación al pie del árbol. A pocos metros de profundidad, la tierra reveló la verdad que el bosque había ocultado: huesos humanos, fragmentos de tela y una hebilla metálica. Las pruebas forenses confirmaron que eran Alex y Sophia.

Él tenía fracturas en el cráneo y costillas; ella, marcas de estrangulamiento. La desaparición ya no era un misterio: era un doble homicidio.

El guardián del bosque

El diario mencionaba a “el hombre del bosque”, con una máscara hecha de corteza y musgo. Los lugareños lo conocían como El Guardián, o simplemente, Stoka. Viejas leyendas hablaban de un ermitaño que protegía un “bosque sagrado” y castigaba a quienes lo profanaban.

El detective Noah Grayson, encargado del caso, revisó archivos antiguos y encontró reportes de un hombre solitario visto desde los años 90. Su nombre: Calvin Moss, exleñador que había perdido a su esposa e hijo en un incendio. Desde entonces, desapareció.

Moss creía que los árboles tenían conciencia y podían juzgar a los hombres. “El bosque está de pie, y yo debo estar con él”, escribió en una nota hallada por su hermana, la última persona que lo vio vivo.

El eco del bosque

Aunque todo apuntaba a Moss, nunca fue encontrado. Los investigadores rastrearon la zona durante meses, sin resultados. Algunos voluntarios aseguraron escuchar golpes y silbidos en la noche, como si alguien los observara.

El FBI cerró el caso en 2019, con una fría anotación: “Probablemente muerto en el bosque.” Pero los guardabosques siguen contando historias. Dicen que, cuando cae la niebla sobre Opal Canyon, se ve una sombra moviéndose entre los árboles, y que si guardas silencio, puedes oír un susurro: “El árbol decide.”

Hoy, un cartel en la entrada del sendero advierte:
“Zona peligrosa. No abandonar el camino.”
Debajo, alguien escribió con marcador negro:
“El bosque recuerda todo.”

Y así, la historia de Alex y Sophia Marlo se convirtió en una advertencia que viaja entre el viento y los árboles. Dos personas comunes que fueron al bosque a ver su belleza… y se encontraron con algo que jamás debió ser despertado.

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